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Los niños EDITH WHARTON Alba, Barcelona, 2005. 415 pp. |
UNA DEJACIÓN DE RESPONSABILIDAD
La escritora estadounidense Edith Wharton (1862-1937) resulta ya familiar a los lectores españoles, que conocieron, hace unos meses, la publicación en castellano de su novela La renuncia, una historia publicada en 1925, con bastante bagaje autobiográfico; pero a la que, sobre todo, conocerán por La edad de la inocencia, publicada en 1920 y por la que recibió el Premio Pulitzer. Novelas éstas que, al igual que todas las que escribió, tienen un fuerte reflejo autobiográfico, fruto de la larga experiencia personal que recogen todas sus historias, escritas a partir de 1905.
La editorial Alba publica ahora, traducida al castellano, la que fue su última novela, Los niños, publicada en 1928, y en la que, de nuevo, Wharton enfoca un problema que ella vivió en primera persona con indudable intensidad, y que se refiere a la educación de los hijos en relación con la responsabilidad que en esto tienen los padres.
Los niños es una novela compleja, que puede ser leída en varias direcciones transversales. La novelista la estructura alrededor de un personaje, Martin Boyne, un ingeniero de cuarenta y seis años, un soltero serio, laborioso y educado en sólidos principios, que cree que ha llegado el momento de casarse, y viaja de Estados Unidos a Europa para visitar a una joven viuda amiga suya, a la que va a pedir que se case con él. En un punto del viaje, al embarcar en la bahía de Argel para pasar a Italia, el joven coincide en el barco con un grupo de niños que viajan sin los padres, guiados sólo por una voluntariosa y todavía adolescente hermana mayor, a la que ayudan algunas empleadas. Estos niños, siete en total, resultan ser los hijos de un antiguo compañero de estudios al que había perdido la pista, y eso hace que el ingeniero se tome interés por el grupo.
Muy pronto se va a ver envuelto en un mundo familiar muy peculiar. Los niños Weather (el menor tiene unos meses) viajan de hotel en hotel todo el año, y son un grupo compuesto por acumulación de los hijos de su amigo, más los que su mujer -divorciada durante unos años, pero que ha vuelto a casarse con él- ha tenido con otro marido, más los que ya tenía el marido (que ya no lo es), y que, como padre, se ha desentendido de la manutención de los pequeños, envuelto en otro enredo amoroso. Son, en fin, estas criaturas, una extraña tribu que ha encontrado su forma de vivir conjurándose para estar siempre juntos, más allá de los vaivenes de sus riquísimos y caprichosos padres, que viajan continuamente, viven de hotel en hotel sin tener una casa abierta donde puedan vivir sus hijos, y que ni siquiera creen que éstos deban recibir una educación formal, más allá de la que vayan recogiendo de sus viajes.
El lector va descubriendo el mundo de estos niños con los ojos del personaje que, al principio con reticencia y luego con mayor decisión, se está haciendo cargo de ellos: el ingeniero tratará de procurar que no los separen; de lograr, al menos, un preceptor para el niño mayor, un adolescente enfermizo cuya obsesión es recibir una educación como la que ve en otros muchachos que conoce; de asegurar, en fin, en su papel de integradora de la familia a la hermana mayor.
Y, en contraste con ese universo, verá el de los padres, millonarios infantilizados, incapaces de salir del bullicio de la vida social, de Hotel Palace en Hotel Palace, sin casa en donde atender a los niños, ni capacidad para asumir sus propias responsabilidades. Un mundo en el que los pequeños, con su exigencia de atención y de cuidados, no caben, y sólo serán admitidos si se buscan la vida en los hoteles sin esperar ninguna mirada ni limitación.
Edith Wharton, que pasó gran parte de su infancia viajando con su poderosa y acomodada familia, y siendo educada someramente por institutrices, aborda en su última novela el que fue sin duda un aspecto importante de su vida. La novela señala directamente a esa responsabilidad irrenunciable de los padres que, en todas las clases sociales y en todas las circunstancias, tienen que mirar a sus hijos, deben diseñar con ellos y para ellos un futuro: una tarea más difícil que darles dinero, viajes, caprichos, y, lo más importante, la razón en todo, para que los dejen en paz.
Los padres, y la dejación de su responsabilidad formativa, son el núcleo central de esta novela, pero no tanto por ese descuido de sus deberes como por la manifestación de un tremendo egoísmo que deja a los niños inermes frente a la vida que los espera. Porque ambos, el padre y la madre, sí tienen estudios universitarios (de hecho, el protagonista los conoció mientras todos eran estudiantes), y eso lo consideran una parte de su propio poder personal, junto con el dinero, ya que desprecian a las personas de su entorno que carecen de un nivel cultural adecuado. ¿Qué pasa, entonces, con sus hijos? Pues que, sencillamente, olvidan que tienen necesidad de formación, y sólo les dan dinero, pero no cultura: la hija mayor deplora repetidas veces no poder escribir una carta sin faltas de ortografía, y se duele de no poder apreciar la belleza artística de las cosas que tiene, por otra parte, el privilegio de ver en sus viajes.
Edith Wharton ponía el dedo en la llaga, ya en 1928, sobre esa jet set que vivía de diversión en diversión sin cuidarse de sus responsabilidades, en especial con respecto a sus hijos: ni siquiera pensaban que llevarlos a una escuela era encerrarlos. Simplemente, no estimaban necesario ocuparse de ellos. El resultado, entonces y también ahora, cuando, por múltiples razones, estamos viviendo una similar dejación, es el de la reproducción del modelo de la irresponsabilidad. Los hijos copian el modelo de sus madres y de sus padres, y acaban esperando que todo les venga dado. Inermes ante la dificultad, los niños de la novela se acomodarán a la vida de hotel en hotel, aprenderán los mil trucos para salirse con la suya, pero serán inferiores a sus padres en preparación y en cultura, una generación que no podrá hacer frente por sí sola a sus responsabilidades.
Los niños, sin embargo, no agota en este aspecto de la educación toda su riqueza. Es una novela compleja, profunda, con un matizado tratamiento de las relaciones interpersonales, de los cambios casi imperceptibles del espíritu ante determinadas situaciones, del nacimiento de la desilusión, e incluso del rencor, en medio de una pareja que proyecta casarse. Wharton, ya una mujer cargada de experiencia, consigue una filigrana literaria en el cruce de sentimientos y en el enfrentamiento de voluntades. Es una novela que mira la vida con lucidez y con un fondo de ternura que excluye el cinismo, pero que deja un ancho campo para la reflexión, no siempre cómoda, pero sí honesta y bienintencionada. Léanla. Merece la pena.
María José
NAVARRO