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La amante del mandarín Escribir para pensar ANA MARÍA NAVALES Sial Ed., Madrid, 2002. 206 págs. |
La ya dilatada obra narrativa de Ana María Navales tiene un hilo conductor que la atraviesa, una especie de simbiosis entre presente y pasado, entre una atención constante por lo inmediato y un rastreo de la historia, de los fantasmas literarios que dejan las puertas abiertas a una recreación inteligente. El laberinto del Quetzal, Zacarías, rey o sus Cuentos de Bloomsbury son muestras de ese trabajo literario en el que personajes históricos se prestan a una reinterpretación, de cuyo itinerario espiritual queda siempre un testimonio del presente más inmediato, para dejar constancia de la semejanza en el tiempo de las experiencias de todos los seres humanos.
Pero en La amante del mandarín, su última novela publicada, la autora escribe una historia a la vez cotidiana y extraña, centrada en un presente tan inmediato y objetivo como distanciado, en el que, a partir de una fábula ficticia en apariencia, describe una realidad viva, implicada en el presente más actual.
La amante del mandarín nos introduce en la dinámica de un centro educativo, una colectividad forzada a convivir y en la que se desarrollan relaciones propias de un mundo cerrado que recibe las influencias del exterior y que, a su vez, proyecta sobre éste el resultado de su actividad. La novela, narrada en primera persona, se sitúa en un ambiente vagamente exótico, un centro educativo de enseñanza media con dirección extrajera y objetivos que vienen definidos por planes de estudio de otro país y enseñanza bilingüe.
En este centro, una mujer, profesora de literatura española, se contempla a sí misma tras veinticinco años de dedicación a la enseñanza, y trata de buscar en ese pasado el rastro que su tarea diaria y su dedicación han dejado en la vida de los que han convivido con ella.
Y, en esta búsqueda, que la narradora comienza con el deseo de escribir una novela, se inicia un proceso de desvelamiento que abarca todo el mundo de la enseñanza, de la vida interna de un centro, de las relaciones entre los profesores y con los alumnos: una tarea que sacará a la superficie unas corrientes internas que delatarán las incongruencias de un universo cerrado, mirado con despreciativa distancia por los que lo ven desde fuera y con la angustia o la resignada aceptación de los que lo viven a diario.
Es ésta una novela que aborda el mundo de la educación, tan inmediato y cercano, desde una perspectiva que estiliza sus rasgos más concretos hasta llevarlos a una dimensión interior, reflexiva, mediante la conversión en alegoría de lo que es tremendamente real. Así, la "gran casa", o "el penal", como a veces lo llama la narradora protagonista, adopta la tonalidad exótica de un centro trasplantado de otro país (de China en la novela, pero que se "traduce" perfectamente a Francia, Alemania o Gran Bretaña), con los rasgos más realistas de los usos y costumbres de direcciones, estudiantes, claustros de profesores y padres de alumnos de la más inmediata actualidad, aquí y ahora.
La búsqueda de datos para la novela se va convirtiendo para la protagonista en un ejercicio de la memoria que sería autodestructivo si no estuviera atravesado por una ironía y un humor inasequibles al desaliento. Porque buscar en el pasado, entre antiguos alumnos o entre padres más interesados por el éxito profesional de sus hijos que por su cualificación como seres humanos es sólo un ejercicio destinado a caer en la melancolía. Así lo comprenderá el personaje, que extraerá de sus indagaciones la mejor lección para vivir
Lo más importante, sin embargo, de la novela reside, para mí, en su construcción formal. Su estructura se apoya en un trabajo de escritura que emprende el personaje y que va jalonando el devenir de la historia. Así, la mujer va marcando sus objetivos para escribir, realiza la selección de los materiales, escribe un capítulo de prueba, desestima sus comienzos y replantea los objetivos iniciales: es, en realidad, la historia de una lucha con las palabras y con los significados, y también con una teoría literaria que, más que enseñar a escribir, remite a las luchas de otros escritores contra el folio en blanco. Ana María Navales ha escogido cuidadosamente las citas teóricas que pone en manos de su personaje, con una ironía distanciada que marca bien los límites entre teoría y trabajo personal.
La protagonista de La amante del mandarín no repasa su vida para extraer de ella unas consecuencias sobre su dedicación docente. Tampoco lanza un anatema sobre una situación, la de la educación, que está tomando un cariz abocado a la necedad. La protagonista, sencillamente, ha encontrado un estilo propio: ha hallado sus propias palabras para empezar su novela, y lo ha podido hacer porque ha puesto claridad en su propia experiencia y en su investigación práctica. Por eso la novela, aunque aborda el problema de la educación, no denuncia, sino que refleja; no anuncia el apocalipsis pero pone varios dedos en algunas llagas. Y, sobre todo, traslada al plano de la metáfora la experiencia de un docente que, mutatis mutandis, puede ser la de cualquier persona que se sienta atrapada en su vida concreta y en su concreto lugar de trabajo.
Ana María Navales sigue escribiendo para tender nexos. Esta vez no entre pasado y presente, sino entre todos los que desean superar la visión desencantada de su propia vida mediante un ejercicio de apropiación de su realidad: escribir, que es como decir pensar, para salir de la trampa moral. Para vivir en libertad.
María José Navarro