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Los filisteos juegan con fuego SALUSTIANO MARTÍN GONZÁLEZ. Colección Melibea, Talavera de la Reina, 2001, 85 págs. |
A veces, uno se pregunta por qué vuelve una y otra vez a leer poesía, cuando se siente rodeado, cercado por problemas que no puede resolver, o por conflictos que exceden la propia capacidad de maniobra. Pero lo hace. Buscando palabras y ritmos que acompañen y, si es posible, que traduzcan al lenguaje humano aquello que, sólo vivido, parece descarnado.
A veces, también, sucede que uno se encuentra con versos que son como la voz que pone palabras a lo que vemos y nos concierne, y entonces sentimos que estamos menos solos. ¿De dónde extraen los poemas que nos tocan tan de cerca la savia que da vida a las palabras? ¿Cuál es el lugar -si lo tiene- que ocupa la poesía en la vida de las personas? Salustiano Martín, en su último libro, Los filisteos juegan con fuego, pone voz a esas preguntas, tratando de indagar, buscando la carne y la sangre que alimentan una poesía cargada de experiencia cotidiana: "aquí yo pongo sangre roja, y bebo / del pulso que sostiene mis brazos".
El autor ha escrito este libro explorando sus fuerzas, buscando respuestas poco condescendientes, lejos de la autoindulgencia, y por eso avanza despacio, mirando antes dentro de sí mismo, y buscando luego en las vidas de los otros, porque "tú respiras como los otros / seres humanos, sufres / de la misma desdicha sin remedio". Y así, equilibrando las fuerzas, el libro avanza por partes, y en la primera, "El lugar del poema", fija sus propias, íntimas, coordenadas, trazando los perfiles que delimitan las palabras, los motivos que impulsan a escribir, la imagen que el poeta se traza de sí mismo, para, en una segunda parte, "Los filisteos juegan con fuego", abarcar, ya, el campo donde el poema se forja en lucha con la realidad, en lucha, sobre todo, con un modo propio de verla: tomando partido.
Y si el libro no es autoindulgente, tampoco resulta comprensivo con un mundo que no percibe propicio, y por eso se aparta, ya desde la primera página, de quienes optan por creer "que el poema era sólo / un hecho del lenguaje, / que sólo en él está su referencia". Y por eso esa primera parte, donde se pregunta por el lugar en donde crece el poema, ese espacio personal desde donde el escritor lucha, sí, con las palabras, encuentra, sí, sus ritmos secretos, pero sin "dejar de oír la voz que te despierta / de las heridas de los otros". Porque son esas "heridas de los otros" la materia con la que, a fin de cuentas, se escriben sus poemas.
Los filisteos juegan con fuego es, pues, un libro trabado por una coherencia interna que atraviesa todos los poemas, dándole un tono intenso y exigente, como requiere la poesía civil, poesía que se reclama solidaria con la de aquellos poetas que toman sobre sí el deber, y el derecho, de señalar con sus palabras los agujeros negros de nuestro mundo, y así sus poemas se apoyan para existir en realidades muy concretas: los albañiles que caen de los andamios, o los mineros que mueren aplastados, por abaratar los gastos generales de las empresas; los jóvenes, educados de manera que tienen difícil llegar a ser ciudadanos responsables; los débiles, que carecen de poder para establecer su derecho: voces sacadas de la calle, despojadas de la pátina estetizante que las edulcora y, por ello, llenas de vida.
Pero son las palabras las que ponen en pie este libro, versos bien trabados, trabajados para lograr una musicalidad basada en los ritmos, en la combinación de versos de distintos metros, de pies quebrados que aportan metáforas inquietantes y significados polivalentes. Versos en los que la forma es también significado, donde ninguna palabra es desdeñada ni ningún vocablo es tenido por indigno, porque la exigencia civil y ciudadana comienza por la fe en la fuerza de todas las palabras, y continúa por la propia exigencia en la escritura, que se sabe comprometida en igual medida con la literatura y con la sociedad que la alimenta.
Los filisteos juegan, realmente, con fuego, porque, si los protagonistas de esta poesía
acaban comprendiendo, ellos ya no podrán disponer de un ejército de gentes dispuestas a
todo por casi nada: "Si quieres lograr / alzarte hasta ser / libre con los demás /
que te rodean, / desconfía de los seres / humanos que no te dejen / conseguir todo lo que
ellos / dicen necesitar."
Salustiano Martín, profesor de literatura, sabe que la escritura no es inocente, y que
sirve también para "formar ciudadanos críticos" en las aulas y fuera de ellas.
En sus libros anteriores (La mano con la herida, 1995, y Pasa la voz, hermano,
2000) dejaba ya constancia de la fuerza de su pensamiento y de su capacidad de
resistencia. Este libro, accésit del Premio Rafael Morales 2000 es una muestra más de
ello. Sus versos, llenos de homenajes (Blas de Otero, Cernuda, Espriu, Neruda, Ángel
González...), expresan el deseo de continuar en la línea de poesía civil, ciudadana,
que prefiere. Su poesía quiere ser una voz más entre las de los poetas (Jorge Riechmann,
Enrique Falcón, Antonio Orihuela, Isabel Pérez Montalbán...) que, hoy también, sienten
lo mismo. Su vigor nos compromete.
María José Navarro