Los nuevos amos de la escuela
El negocio de la enseñanza
NICO HIRTT
Minor Network, S.L. Editorial Digital, Madrid. 2003. 167 págs.
La escuela ha sido siempre un reflejo de la sociedad del
mundo capitalista desde que éste existe, y aunque ha tenido momentos de una cierta
democratización, la nueva fase de globalización neoliberal, que se inicia tras la crisis
económica de mediados de los años 70, con sus consecuencias de aceleración del ritmo de
los cambios industriales y nuevo progreso tecnológico, está creando una nueva escuela no
democrática desde los años 80.
Hoy los estados democráticos europeos no están dispuestos a poner impedimentos a ese proceso. Abandonan el papel activo de administradores de los servicios públicos y delegan sus responsabilidades en la empresa privada. En el ámbito de la educación la escuela se desregulariza, se privatiza y se mercantiliza. Los ciudadanos dejan de ser sujetos de derechos sociales y se convierten en meros usuarios de servicios. El proceso está muy avanzado en los países desarrollados, cuando en el Tercer Mundo aún no se han puesto las bases de la escolarización. En España es el tiempo de la LOGSE y la LOCE.
La Dirección General de la Comisión Europea de Educación, la Mesa Redonda de los Industriales Europeos, la OCDE, el Banco Mundial, la OIT, la OMC, aliados con los poderes públicos, pretenden que la escuela esté al servicio de la empresa. Todos coinciden en que la educación debe formar trabajadores flexibles, polivalentes, móviles y reciclables, capaces de adaptarse a la desestructuración del mercado de trabajo y de oscilar entre el paro y la reconversión continua. Los objetivos cognoscitivos pasan a segundo plano, la educación es sustituida por formación, los saberes por competencias (lectura, cálculo, conocimientos básicos de idiomas, y un conjunto de aptitudes tecnológicas, sociales y organizativas, que permitan la adaptación del trabajador), la cualificación por empleabilidad. La formación escolar habrá de completarse con "el aprendizaje a lo largo de la vida". Todos coinciden en que, en el ámbito escolar, ha de impartirse ciudadanía, preparación de ciudadanos sumisos, sin capacidad crítica, que votan periódicamente.
Los nuevos objetivos de la educación necesitan unas escuelas desregularizadas, autónomas y competitivas, donde las familias y alumnos clientes puedan elegir. El proceso ha sido estimulado por el descenso de las inversiones estatales en educación en todos los países, que ha abierto las escuelas a la privatización en forma de patrocinadores externos, sustitución de profesores por ordenadores, gestión privada o delegación de servicios en empresas privadas; al mismo tiempo que las nuevas leyes educativas permiten abaratar el fracaso escolar, fomentando medidas como la prohibición de repetir curso o políticas de orientación estrictas. La escuela pública se deteriora y las familias que pueden pagarlo buscan formas alternativas de enseñanza en escuelas privadas, CD-Rom, clases a distancia por Internet. Y es que, en esta desregulación, el saber y la cultura se refugian en el ámbito privado, que forma a la minoría que ha de dirigir y que puede pagar, mientras que la escuela pública se destina a la formación de trabajadores condenados a la precariedad.
Grandes empresas multinacionales entran en la educación, gestionando escuelas, aportando servicios, introduciendo las nuevas tecnologías, cuya eficacia educativa nadie se ha molestado en evaluar, utilizándolas como campo publicitario, y encontrando en ella magras oportunidades de negocio, en un momento en que las posibilidades de crecimiento económico se tornan difíciles. La pedagogía se pone al servicio de la estimulación de compra por unos consumidores, que, dada su edad, serán ya fieles durante toda su vida. La mercantilización de la enseñanza está en marcha.
El resultado más grave de todo ese proceso es que mantiene, e incluso acrecienta, seguramente, el foso entre las clases sociales, impide el acceso al conocimiento de las clases trabajadoras, fomenta en ellas un individualismo pernicioso, la falta de capacidad crítica y la pérdida de derechos sociales y laborales.
Éstas y muchas otras reflexiones suscita el libro de Nico Hirtt, quien concluye cuestionando la noción de realidad única e inevitable, que el sistema pretende inculcarnos, y afirma categóricamente que hoy como ayer se puede y debe exigir una educación democrática para todos, y una escuela que tiene que inculcar saberes y preparar ciudadanos comprometidos con la sociedad en la que viven, críticos para cambiar el mundo, capaces de defender sus derechos sociales, culturales y democráticos.
Todos los que defendemos la enseñanza pública nos sentimos agradecidos y estimulados al leerlo.
Mª Ángeles Lázaro
