El imprescindible protagonismo del profesorado
Las ultimas reformas educativas (LOGSE y LOCE) han modificado sustancialmente la profesión del profesor. Su tarea fundamental, transmitir conocimientos, ha ido desdibujándose o es considerada la última de sus funciones en el sistema educativo. Su labor se ha convertido en un conjunto de tareas mal definidas, un caos de competencias socializadoras, que han sido justificadas por la universalización de la enseñanza y las transformaciones producidas en nuestra sociedad en los últimos tiempos, pero que emanan, en realidad, de una dejación de funciones de otros entes sociales (familia, sociedad, Estado). Al mismo tiempo que amplios sectores de nuestra sociedad dejan de valorar el saber, nos colocan en la presunción de socializadores casi únicos y terapeutas de todos los problemas de un mundo en cambio.
No necesitamos remitirnos a nuestra época para saber que, a través de la transmisión de conocimientos, la enseñanza inculca valores sociales, primero vividos y después teorizados, y ayuda a formar la personalidad de los alumnos, pero lo que define a la enseñanza es que ambas funciones van unidas. También podemos detectar problemas personales y sociales, pero resolverlos compete a otros profesionales: psicólogos, sociólogos, asistentes sociales... En todo caso, nuestra función socializadora ha de ser compartida.
Además, la desvalorización de nuestra función primordial y su sustitución por otras hace que cualquiera se crea competente para opinar sobre ella y decirnos lo que tenemos que hacer. Somos el chivo expiatorio de nuestra sociedad y eso redunda en nuestro desprestigio: ¿puede tener prestigio una profesión vaciada de contenido objetivo?
La confusión generada por esa carencia de competencias explícitas, que imposibilita una capacidad de acción y decisión en el desempeño de la docencia, se ha agravado con una falta de recursos y de ayuda para llevarla a cabo. Las sucesivas leyes nos han dotado de principios y normas, pero se han olvidado del capítulo de la financiación. La consecuencia ha sido un deterioro de las condiciones de trabajo de los profesores: elevado número de alumnos por clase y una heterogeneidad imposible, problemas de disciplina, objeción escolar..., que se van incrementando conforme ascendemos por las diferentes etapas. Los profesores están, además, solos. La burocratización creciente de los centros (dirección, orientación, CCP, inspección) no aporta ninguna ayuda para su mejor funcionamiento, puesto que, en la mayoría de los casos, esos órganos son meros transmisores de ordenanzas.
Se ha producido también un retroceso o práctica anulación de la capacidad de intervención de los profesores en el funcionamiento y el control democrático de los centros. El claustro ha quedado vaciado de competencias, y el Consejo Escolar con su imposible heterogeneidad es inoperante o acaba siendo manejado por la dirección.
La administración educativa, lejos de respaldarnos, ha contribuido al deterioro de nuestra imagen. Se ha insistido hasta la saciedad, y se sigue haciendo, en la falta de formación del profesorado, para justificar el mal funcionamiento de nuestro sistema educativo y sus fracasos. El argumento es falaz y contradictorio. Somos licenciados, doctores, hemos superado oposiciones, hemos hecho multitud de cursos, patrocinados por las administraciones educativas, tenemos una amplia experiencia profesional y llevamos a nuestras espaldas más de una reforma: todo ello del modo más estrictamente oficial. ¿Qué significa que no estamos preparados?
El abandono en que nos ha dejado la administración, que ha obviado un análisis de la realidad y se ha limitado a dar soluciones normativas y burocráticas, cuando se han presentado problemas, alcanza una gravedad extrema al dejarnos también desamparados y sin garantías jurídicas en las muchas situaciones conflictivas, que se generan cada día en el sistema educativo. Alumnos, padres, inspección nos ningunean e incluso nos llevan a los tribunales.
Las modificaciones introducidas en el currículo, desde la LOGSE en adelante, han provocado una reconversión de plantillas sin control ni planificación, pero con graves secuelas de supresión o amortización de plazas, desplazamientos forzosos, prolongación de situaciones de expectativa e inestabilidad de los contratados, al mismo tiempo que han cerrado prácticamente la entrada al sistema público de nuevos profesionales. Esa situación se ha ido agravando con la política de ahorro de los sucesivos ministros de educación, al margen de las necesidades reales del sistema, y con la falta de un apoyo decidido a la enseñanza pública por parte de los partidos políticos que han alcanzado el poder, que se ha traducido en un cierre de centros públicos, eliminados antes por la competencia ilegal de los centros subvencionados , o por la nueva competencia actual, garantizada por sus contratos de concertación, que les libera de obligaciones sociales. La ausencia de una política de profesorado ha terminado por generalizar la inestabilidad en nuestro marco profesional.
La falta de planificación de plantillas y la introducción de particularidades autonómicas en el mundo de la enseñanza han disparado las diferencias y agravios comparativos entre los profesores, no sólo en los medios y condiciones de trabajo, sino también en las retribuciones, en flagrante contradicción con los principios de igualdad amparados en la Constitución y que no responden a razones objetivas.
Tras el balance, anteriormente expuesto, creo que resulta ingenuo mencionar que, siendo como somos profesionales de alto nivel, no solamente estamos mal pagados en términos comparativos, sino que además llevamos años perdiendo poder adquisitivo. Y me quedo sin adjetivo para calificar el hecho de que nuestros únicos incentivos de promoción profesional pasen por el abandono de la enseñanza activa y constituyan una carrera de obstáculos, que sólo superará una minoría. Quiero destacar, no obstante, que no sólo no hay camino de promoción intracorporativa, sino que además, a diferencia de otros colectivos (como maestros, profesores de formación profesional, profesores universitarios), los profesores de enseñanza secundaria hemos visto bloqueadas nuestras posibilidades de promoción intercorporativa por las sucesivas leyes de reforma universitaria (LRU y LOU).
Este panorama tan poco alentador se cierra con la falta de apoyo de los sindicatos, que con una docilidad pasmosa hacia los intereses políticos o preocupados sólo por sus intereses sindicales internos, han aceptado impasibles esta degradación de nuestra situación profesional y la han negociado en nuestro nombre.
Recapitulemos. Obligados a responder en nuestro trabajo a una exigencias caóticas, contradictorias y de imposible realización en las condiciones actuales de las aulas, sin respaldo interno, ni de la administración ni de los sindicatos, culpabilizados del fracaso de la enseñanza, sin capacidad para tomar decisiones, con una situación profesional inestable, llena de desigualdades y sin posibilidades de promoción, no es extraño que el profesorado se encuentre insatisfecho, desmotivado y lleno de malestar. En esa situación, y ante la falta de perspectivas de poder mejorarla, ha optado por soluciones individuales: sufrir con paciencia e intervalos de depresión o cumplir el humano refrán de "sálvese el que pueda", ejerciendo la irresponsabilidad, cuando se nos niegan los cauces de responsabilizarnos.
El MEC, paralizando la ejecución de la LOCE, parece ofrecernos ahora una ocasión para debatir sobre el sistema educativo en general y la situación del profesorado en particular. El análisis del texto publicado y de las propuestas que contiene nos sugiere los siguientes comentarios:
- El título nos parece muy acertado y, viniendo como viene avalado por la UNESCO, parece muy prometedor. Nada que objetar al imprescindible protagonismo del profesorado.
- El primer punto desarrolla la labor docente. Volvemos a
encontrarnos con las conocidas referencias a la complejidad creciente de la
sociedad española, a la universalización de la enseñanza como causas de una
nueva función docente, a la necesidad de trabajo en equipo de diferentes
profesionales... Echamos de menos alguna concreción en nuestras funciones y
alguna referencia valorativa a la transmisión de saberes. Cuando aparece, lo
hace de forma peyorativa, así "la transmisión de
conocimientos específicos de una materia es algo tradicional" o "la práctica
docente se aleja de... la enseñanza como mera instrucción". De nuevo nos
hallamos ante una difusa función socializadora, que miedo nos da cuando es
calificada de "educación total".
- La formación del profesorado, tratada a continuación, tampoco nos sorprende. Resuena otra vez la falta de formación de los profesores para los nuevos retos y las circunstancias actuales. Se diseña una formación inicial según el nuevo modelo universitario europeo (proceso de Bolonia); es decir, un modelo universitario devaluado a tres años, pero capaz, no obstante, de dotar a los profesores de competencias culturales y pedagógicas que hemos de suponer adecuadas. Sigue un período de prácticas de un curso de duración con el apoyo de un tutor experimentado para la iniciación a la docencia. Sin querer pecar de pesimistas, nos planteamos dónde se podrá encontrar tal clase de tutor, teniendo en cuenta la ineptitud del profesorado experimentado, y si también hemos de suponer que el periodo de iniciación será muy diferente del CAP actual. Nos encontramos, finalmente, con la formación permanente de los profesores, que, en otros ámbitos, suena como formación a lo largo de toda la vida, y que, de nuevo, suponemos que será diferente a los "cursillos" con los que hasta ahora se completaba nuestra instrucción..
- Prosigamos con las condiciones laborales y la carrera docente. Este apartado es breve, ya que las condiciones laborales han quedado reducidas a la promesa de una negociación para la elaboración de un estatuto de la función docente. ¡Bienvenido sea!. Tal vez sirva para que al fin nos enteremos de cuál es nuestra profesión. Con respecto a la carrera docente se critica que haya estado ligada al cambio de nivel educativo. Coincidimos. Sin embargo, en los ejemplos que se mencionan seguimos echando de menos alguno que no suponga el abandono de la tiza, total o parcialmente, y que, claro está, pueda suponer un incentivo para todos los profesores. Exagero. Se nos promete la puesta en marcha de mecanismos de evaluación de la labor docente: tal cual. La promoción intercorporativa del profesorado de secundaria contará con la posibilidad de desempeñar funciones a tiempo parcial en la universidad. Es de suponer que no será duplicando funciones. Es muy de agradecer, igualmente, que "los profesores que ejercen su trabajo en situaciones de mayor dificultad recibirán el apoyo necesario para mejorar sus condiciones de trabajo y los recursos que tienen a su disposición". Creo que la profundidad del análisis, que el MEC hace de las condiciones laborales del profesorado, se pone claramente de manifiesto con esa última frase, ya que lo que considera excepción es, lamentablemente, la regla.
- Se plantea por último el reconocimiento social del profesorado. La objetividad del análisis vuelve a brillar por su ausencia. Los profesores "tenemos la sensación de que nuestra profesión no se valora", "que se nos exigen tareas que no son nuestras o para las que no estamos preparados" o "tenemos la impresión de un entorno agresivo". La administración nos considera incapaces de reflexionar sobre nuestra propia situación, duda una y otra vez de nuestra competencia y sigue aludiendo a nuestra labor como una maraña de funciones sociales. Con una buena dosis de cinismo nos quiere hacer creer que estamos bien, pero nos sentimos mal y, dado que, a su juicio, no hemos alcanzado madurez mental suficiente, no se atreve a consultarnos directamente a través de nuestros claustros. Eso sí, haciendo gala de un loable espíritu paternalista, promete pedir a la sociedad que nos trate bien. ¡Como si la ausencia de autoridad educativa, de capacidad de acción, la falta de objetividad y dignidad en la que se ha sumido a nuestra profesión, se pudieran arreglar con propaganda!. Menos mal que al final nos encontramos con una oferta objetiva: nos podremos jubilar por anticipado.
La conclusión final a la que llegamos es que no hay un análisis serio de la situación real del profesorado. Se vuelven a manejar tópicos que, debidamente divulgados, acaban o han acabado por convertirse en verdades.
Nos tememos que nuestro MEC se evade y no tiene ninguna intención seria de mejorar la situación de la enseñanza ni del profesorado. Como mucho podemos esperar algunos retoques que, bien publicitados, pueden ser efectivos para que las cosas sigan progresando como hasta ahora.
Y ese seguir como hasta ahora, siendo mal pensados, merece una explicación. Significa progresar en un proceso de desregularización de nuestra profesión (diferentes sueldos, medios, situaciones profesionales, condiciones de trabajo). Supone, igualmente, una descualificación de nuestro trabajo, en el que ya no podemos considerarnos especialistas, sino realizando funciones variadas y no definidas, donde puede caber todo (enseñantes, socializadores, terapeutas sociales...). Consagra también nuestra pérdida de derechos y de participación en los centros, nos impide asumir responsabilidades y nos hace meros receptores de normas. Fomenta entre nosotros la insolidaridad y el individualismo. Anula nuestra capacidad crítica. Nos deja, en suma, solos frente al sistema. Nos obliga a competir, por un lado, entre los centros públicos, y, por otro, y en condiciones de inferioridad, con el sector privado.
Todas esas características, a las que puede unirse una menor formación en el futuro, forman parte de los objetivos del neoliberalismo europeo. En muchos países de Europa el proceso está ya muy avanzado; dado que estamos integrados en un mercado común, ¿es ahí a donde vamos?
Mª Ángeles Lázaro