EDITORIAL
Sabíamos que el gobierno del PP no estaba nada interesado por la promoción de la calidad de la educación en la enseñanza pública; sabíamos que sus criterios de actuación tenían más que ver con la sobreprotección a la privada, con el apoyo a los intereses económicos de la patronal y con la exaltación de la ideología política y religiosa conservadora. Sin embargo, no estábamos preparados para la desfachatez neoliberal desatada, ni para los avances de las sectas católicas ultrarreaccionarias que han sentado su poder en los sillones del consejo de ministros. Así, la LOCE sólo va a servir, en cuanto a la enseñanza pública, para clavar nuevos clavos en su ataúd: pronto ha quedado claro que la mirada de la derecha estaba puesta en la conversión de la enseñanza privada en la red educativa fundamental del país, y que, junto a la financiación ilimitada de la patronal educativa, el gobierno tenía el propósito último de volver a colocar a la religión católica en el puesto que había tenido durante la dictadura franquista.
En este número de Crisis tratamos de analizar varios frentes de este ataque destructivo al sistema educativo democrático, es decir, a la escuela pública (única, obligatoria, gratuita, científica, laica). Así, analizamos cómo es posible que la presunta "ley de calidad" someta cada vez más a la Enseñanza Pública a un enflaquecimiento destructivo, que arrojará sus peores resultados sobre aquéllos cuya situación es más precaria, sobre quienes ya sufren en sus propias familias la expropiación cultural. Por un lado, el funcionamiento coactivo de los mecanismos institucionales en los centros públicos, la pedagogía LOGSE que aún funciona en ellos y la disminución de las aportaciones financieras que se les destina; es decir, lo que se ofrece a la población destinada a obedecer y a sobrevivir con trabajos basura: vía estéril que lleva al fracaso escolar de los más desfavorecidos. Por otro, la libertad de funcionamiento de los centros privados, la puesta en práctica de pedagogías volcadas al aprendizaje de conocimientos y al acceso a los niveles superiores de la enseñanza, y el aumento fundamental de recursos financieros para la construcción de nuevos centros privados y la universalización de los conciertos: lo que se ofrece a los que han de dirigir la nación en sus diversos niveles, y a los capataces de la gran masa de los que están siendo arrojados al desconocimiento.
Por eso, cuando analizamos el presunto fracaso escolar, procuramos dejar bien claro que tal fracaso no es, desde luego, un fracaso del sistema educativo, sino que se trata, precisamente, de uno de sus "logros" mayores. Para nosotros, en todo caso, se trata de un desastre que destruye las posibilidades de futuro de aquéllos que el sistema educativo (sucursal, aquí y ahora, de finalidades económico-políticas de clase) ha decidido de antemano que deben fracasar; un desastre que visita mucho menos las aulas de los que sí deben aprender, de los que sí deben saber. La enseñanza en España está siendo sistemáticamente fragmentada, de modo que cada uno de sus fragmentos sirva (es un decir) a un estrato social bien delimitado. Lejos de unir, lejos de avanzar en la igualación cultural de toda la población, el sistema educativo tiende a fragmentarla según líneas de poder económico y cultural.
Entendemos, por eso, que las finalidades de la enseñanza privada y de la enseñanza pública son antagónicas. Así, tal como la derecha ha diseñado el sistema educativo que nos está asestando, la privada concertada tiene una finalidad estratégica palmaria, dedicada a una clientela suficiente y escogida: la instrucción y educación de clase; el adoctrinamiento pagado por todos los contribuyentes, y el aumento del sectarismo ideológico, vía sectas católicas fundamentalistas (Comunión y liberación, Legionarios de Cristo, Opus Dei, ...).
Mientras tanto, en relación con la enseñanza pública (más allá de toda su palabrería mentirosa), lo que se está realizando es un trabajo de demolición de lo que ha quedado del sistema educativo tras el paso de las leyes anteriores. Así, las fuerzas de la derecha, dirigidas por el PP, tratan de asegurarse la ignorancia de los que estudian en la Enseñanza Pública, un terreno (a diferencia de la privada) no ideológicamente controlado por completo. De esa forma, intentan cortar radicalmente los flujos escolares hacia el Bachillerato y la Universidad (que ya habían caído en los últimos años) por parte de quienes no tienen otro remedio que acogerse a las escuelas e institutos del Estado. Así, se habrá logrado que los hijos de los trabajadores no salgan de su ignorancia sobre lo que pasa y les pasa: social, cultural y políticamente hablando. Los medios de comunicación y todos los demás instrumentos de conformación de las voluntades públicas, en manos de los poderes económico-políticos neoliberales y sectarios, harán el resto.
En este sentido opera la jugada fundamentalista que trata de convertir a un Estado que debiera ser laico (para ser de todos en igualdad de condiciones) en un Estado puramente confesional. La religión elevada al rango de disciplina académica es el último paso dado para controlar ideológicamente cualquier islote de independencia de juicio, a modo de caballo de Troya doctrinario en el interior de la escuelas e institutos públicos. A este respecto, el Colectivo BG entiende que éste es un retroceso que nos lleva hasta las entrañas del franquismo, y que, frente a la ideologización sectaria, hay que defender un modelo de Escuela Laica que asiente el laicismo en los centros escolares: instrumento necesario (dados los tiempos multiculturales en que vivimos) para no crear división, para fomentar la tolerancia en una escuela que deje fuera (en términos de poder) las ideas religiosas de cada cual.
Tener que volver a afirmar, a estas alturas, las razones por las cuales es necesaria la existencia de la Enseñanza Pública, como sistema educativo esencial, es una muestra palmaria de la situación escandalosa a la que hemos llegado. La Enseñanza Pública es necesaria, frente a la Privada, porque realiza unas funciones que ésta no puede realizar, o que suele realizar de modo sectario. La Pública debe necesariamente ser tolerante e integradora; la Privada es, habitualmente, intolerante y disgregadora. La Pública es inclusiva; la Privada es exclusiva. La Privada separa, fragmenta, desune a unos ciudadanos de otros, a unos ciudadanos en beneficio de otros, y produce, así, una fractura social (ideológico-cultural) que augura un futuro de intolerancia y enfrentamientos.
Lo que está sucediendo no es por casualidad. Se trata de producir una clientela masiva de las ideas ultrarreaccionarias de las sectas católicas fundamentalistas que están en el poder del Estado en este momento. Desde que consiguiera la mayoría absoluta, el PP ha venido desarrollando un tipo de comportamiento sociopolítico que niega radicalmente su presunto "reformismo centrista": asesta el insulto como toda respuesta a las críticas que recibe y hace sistemáticamente lo contrario de lo que dice que va a hacer. Así, destruye lo que no pudo (o no quiso) destruir el PSOE en el sistema educativo; empuja (más que nunca en la reciente historia de España) a la ignorancia y al trabajo basura a los trabajadores, y erosiona las libertades ciudadanas. Ambas direcciones de su actuación están estrechamente enlazadas: una ciudadanía ignorante no necesitará (ni exigirá, por tanto) una democracia real. Las libertades ciudadanas exigen una ciudadanía capaz de ponerlas en práctica, una ciudadanía capaz de defenderlas: la destrucción de las libertades ciudadanas (la destrucción de la democracia) requiere la destrucción educativa de la ciudadanía, requiere la ignorancia de los ciudadanos.
La situación es muy peligrosa, pero la suerte no está echada. Aquí y ahora, debemos plantar cara a esa acción destructiva. Es hora ya de que nos convenzamos todos de que, sin apostar radicalmente por el conocimiento serio y riguroso de todos los ciudadanos (en los terrenos económico, social, político, cultural), parar la destrucción no va a ser posible. Es hora de que apostemos por el rigor educativo, por el pensamiento crítico con conocimiento de causa, por la autodisciplina y el coraje intelectual de todos nuestros alumnos, incluidos (sobre todo) los más desfavorecidos. En fin, es hora de que apostemos, sin ninguna sombra de duda, por el fortalecimiento educativo de la enseñanza pública: en nuestro trabajo y fuera de él.